Comportamientos de racionalidad limitada en tiempos de Covid-19

Que el ser humano no se comporta de forma racional es algo estudiado por la psicolog√≠a, la neurociencia y por la econom√≠a. No somos racionales porque nuestro an√°lisis se ve afectado no solo por emociones (alegr√≠a, tristeza, temor, enfado…), sino por sesgos de distinta naturaleza. Los h√°bitos, o la costumbre, hace que tengamos un sesgo de statu quo, por el que nos cuesta cambiar y valoramos demasiado nuestra posici√≥n actual. El exceso de confianza en nosotros mismos sirve para no desanimarnos ante adversidades, pero tambi√©n nos lleva a ignorar o minimizar riesgos que nos amenazan. Tambi√©n tendemos a creer o no creer en cosas, seg√ļn seamos capaces de recordar un ejemplo o an√©cdota cercanas, dando por v√°lido estos como representativos de una generalidad. Obviamente, damos m√°s peso en su credibilidad a aquello que nos suena mucho, con lo que algo muy repetido en los medios de comunicaci√≥n nos parece muy ver√≠dico. Adem√°s, podemos ignorar la informaci√≥n que nos se√Īala que estamos equivocados, y solo ver aquella que creemos que confirma nuestras previas creencias.

Todos estos sesgos (y muchos más), nos hacen la vida más cómoda. Sirven de ayuda para la toma de decisiones de forma automática. Nuestro comportamiento se guía así por el llamado sistema 1 de nuestro cerebro, que responde a los estímulos externos, sintetizando de forma rápida la información que recibe. La alternativa sería tomar decisiones analizando las alternativas con un pensamiento más racional, usando el sistema 2 del cerebro, que llevaría a mejores resultados, con el coste de un mayor consumo de energía.

Que las personas nos guiamos por estos atajos de razonamiento (heur√≠stica) es algo conocido y utilizado por los departamentos de marketing y ventas. La elecci√≥n de personas famosas para anunciar productos (perfumes, coches, calzado deportivo, etc.) que puede que nada tengan que ver con la raz√≥n de su fama se justifica porque ello nos hace recordar los productos m√°s f√°cilmente. Tambi√©n se aprovechan de nuestros sesgos las compa√Ī√≠as que ofrecen descuentos durante los tres primeros meses de un contrato y posteriormente a los mismos suben las tarifas; saben que las personas tendemos a la inercia y, aunque podamos anular el contrato, no solemos hacerlo.

Desde hace alg√ļn tiempo se est√°n planteando pol√≠ticas p√ļblicas que tienen en cuenta esta racionalidad limitada de los seres humanos. M√°s o menos, desde que el economista Richard Thaler acu√Ī√≥ el t√©rmino empuj√≥n (nudge) para explicar algunas intervenciones p√ļblicas. Gran Breta√Īa y Estados Unidos han sido pioneros en su uso, pero tambi√©n Francia, Australia o los pa√≠ses n√≥rdicos. La OCDE o la Comisi√≥n Europea avalan su empleo y tambi√©n la Organizaci√≥n Mundial de la Salud.

Organismos p√ļblicos y privados asesoran en la formulaci√≥n de pol√≠ticas, que se basan en el conocimiento de sesgos cognitivos o de comportamiento y que pretenden cambios en las elecciones de los individuos, de forma que se consigan mejoras en el bienestar privado y p√ļblico. Toda pol√≠tica p√ļblica pretende cambiar los resultados que resultan del libre mercado, normalmente mediante leyes y regulaciones que acotan, condicionan, proh√≠ben y, en ultima instancia, sancionan si se incumplen. Las pol√≠ticas publicas que se apoyan en los sesgos de la racionalidad pretenden que las personas cambien voluntariamente su comportamiento; es lo que Richard Thaler denomin√≥ paternalismo libertario.

En la pandemia del Covid-19 que estamos viviendo está claro que su control pasa por la modificación de comportamientos. De lo que se conoce del virus, es fundamental evitar su transmisión entre personas, para lo cual, aparte de la higiene de manos, es necesario respetar una cierta distancia social y, si esta no es posible, usar mascarilla. Es más, dado que la transmisión se puede producir también por vía de aerosol, y que estas partículas pueden permanecer en el aire más tiempo y a mayor distancia de la persona infectada, el uso de mascarilla se hace más necesario.

Convencer a la gente de que sus comportamientos deben ser modificados no es sencillo. Los sesgos cognitivos y de comportamiento de exceso de confianza, de reafirmaci√≥n de las propias creencias, de falta de visi√≥n de consecuencias futuras, de inercia para modificar h√°bitos, y otros varios, hacen que muchas personas se resistan a seguir las indicaciones de las autoridades sanitarias y pol√≠ticas. El problema se centra especialmente en aquellos que no ven relaci√≥n directa entre sus actos y las consecuencias, dado que estas no son solo personales, sino sociales. Las campa√Īas se han centrado en mensajes sencillos de la actuaci√≥n adecuada y en informaci√≥n de los conocimientos cient√≠ficos sobre la transmisi√≥n y las consecuencias sobre la salud, adem√°s de datos sobre enfermos y muertes.

Modificar conductas persistentes no es una tarea fácil. Los grupos sociales más resistentes al cambio pueden ser diversos: jóvenes que no ven que ellos se puedan contagiar y/o que en todo caso les gusta desafiar las normas (especialmente si ello no conlleva sanción), negacionistas que tampoco parecen haber tenido un caso de contagio cercano y grupos de partidarios políticos opuestos a quien haya dictado las normas.

Todos ellos se caracterizan por una falta de sentido de sociedad. La limitaci√≥n del individualismo cobra sentido cuando se pretende una mejora del bienestar social. Se√Īalar que los comportamientos resistentes al cambio necesario para frenar el contagio son asociales y que merecen la reprobaci√≥n social es un mensaje que las pol√≠ticas p√ļblicas, basadas en el conocimiento de los sesgos humanos, deben resaltar.

Tambi√©n se debe se√Īalar que la libertad de unos (de hacer caso omiso de las recomendaciones) implica la reducci√≥n de la libertad de otros (de actividades que no podr√°n tener lugar, de ancianos que ver√°n reducidas las visitas…).

Y que la falta de racionalidad de no ver las consecuencias futuras incrementa la probabilidad que estas sean peores, tanto para la salud como para la economía.

Nieves García Santos es Economista y exdirectora de inversores de la CNMV

Fuente: Cincodias.elpais

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