Ambrosio Marcenaro Boutell, el “Cura Gaucho de Los Andes”

Quizá muy pocos recuerden al padre Ambrosio Marcenaro Boutell, un cura que hasta principios de los años 50 solía transitar velozmente los sinuosos caminos de Los Andes. Lo hacía al volante de su Ford V8 modelo 38, preparado para superar cualquier abra. Fue párroco de San Antonio de los Cobres hasta marzo de 1953, cuando el arzobispo de Salta, monseñor Tavella, lo relevó para darle otro destino.

El relevo de este joven y dinámico sacerdote llenó de tristeza a los pobladores de Los Andes, pues lo habían visto trabajar permanentemente a lo largo de doce años y llevar siempre adelante una prolífera labor misionera.

El padre Marcenaro o el “Cura Gaucho de Los Andes”, como le decían, hasta su relevo desarrolló con gran entusiasmo una amplia variedad de actividades, tanto sacerdotales como de orden civil. En San Antonio de los Cobres fue enfermero, primer encargado de la Sala de Primeros Auxilios, juez de Paz, jefe del único del Registro Civil Volante de la región y con una oficina que funcionaba en el interior de su Ford 38. Además, fue intendente, y como si todo eso fuese poco, cura párroco de la capital del Territorio Nacional de Los Andes y después de 1943, cabecera del departamento homónimo.

No se sabe de dónde era el padre Marcenaro, pero sí, que a fines de los años 30 arribó a Salta como turista. Al respecto, él solía contar que cuando conoció el Territorio de Los Andes junto al fraile italiano Luigi “Mansueto” Zangrilli, su vocación sacerdotal le dijo que ese era el lugar donde debía ejercer su magisterio.

Y así fue que profundamente convencido de lo que sentía, se presentó, por consejo de Zangrilli, a monseñor Tavella y le pidió que se lo destine en aquella alejada región de la provincia. Logrado su destino, se instaló en San Antonio de los Cobres para desarrollar su obra misionera. Y así, dotado de una salud a toda prueba y de una férrea voluntad, inició su tarea apostólica y a poco de andar se transformó en confesor, amigo y enfermero de todos los feligreses andinos.

Con el tiempo y por la confianza que despertaba, Marcenaro llegó a intendente, juez de Paz y defensor tenaz, no solo de los derechos departamentales, sino también de sus habitantes. Rápidamente la figura de este sacerdote alcanzó en la región relieves de gran significación. Ni la desolación de la Puna ni la crueldad del clima ni las dificultades de los caminos y sendas que a diario recorría, le impidieron llegar hasta los más alejados rincones del inmenso departamento. “Para él, las dificultades no contaban ni fueron obstáculo”, repetían los puneños cuando supieron de su relevo como cura de San Antonio de los Cobres.

Contaban los parroquianos del lugar que el padre Ambrosio Marcenaro, con su Ford 38, llegó a recorrer miles de kilómetros y que visitó toda la feligresía de un territorio de algo más de 25.000 kilómetros cuadrados. Llevaba los consuelos de la religión hasta los lugares más apartados y difíciles, administrando sacramentos a los fieles, remedios a los enfermos y óleos a los recién nacidos y a los moribundos. Muchas veces dejaba su “cupe” al borde de un callejón y continuaba su marcha a pie o a lomo de mula, hasta llegar a destino. Los que lo conocieron decían que “llevaba en su interior algo que lo impulsaba a concretar verdaderas correrías apostólicas por los páramos andinos, donde los malos caminos parecían allanarse al paso de su Ford”.

Muchas veces su mameluco de mecánico que siempre lo acompañaba, le sirvió para no ensuciar su inseparable sotana cuando debía reparar las averías en su trajinado automóvil.

Si su trabajo de sacerdote fue extraordinario, comentaban, también fue grande, amplia y fecunda su obra civil y terrenal. Grandes mejoras logró para el municipio de San Antonio de los Cobres a lo largo de doce años de tesonera labor. Entre ellas se deben destacar el servicio eléctrico y el agua corriente, el relevamiento parcelario, el censo de todas las mujeres del departamento para que pudiesen sufragar en 1951 y las exitosas gestiones para que el Ministerio de Educación de la Nación construyera el mayor establecimiento educacional del departamento. Aparte, fue un juez de Paz que siempre llevó la Justicia a los sitios donde aún imperaba la ley del más fuerte. Fue también el primer encargado del único Registro Civil Volante y siempre “ad honorem” y, gracias a esas iniciativas suyas, muchas uniones de hijos puneños quedaron legitimados ante la ley y ante Dios. 

Una crónica de 1953 publicada por El Tribuno dice del padre Ambrosio Marcenato: “Muchas actividades desarrolló el padre Baoutell y muchos pueden probar que no solo puso su acción directiva sino también la personal, puesto que se arremangaba tanto para trabajar en la madera como en un puente o al volante de un tractor indócil.

En su casa Marcenaro instaló la primera Sala de Primeros Auxilios de Los Andes. Y allí prestó eficientes servicios de enfermería y hasta supo hacer de partero. Coronó su obra que a algunos molestó, entregando 220 títulos de propiedad inmueble a otros tantos viejos pobladores de la Puna para que allí levantaran sus casas. Queremos dejar sentada -agregaba aquella crónica- la extraordinaria personalidad de este curita apóstol a la criolla, cura gaucho en automóvil que llegó a Los Andes para cumplir con su sueño misionero. Salta pierde con su alejamiento un gran valor, ya que hombres como el padre Marcenaro son los que necesita la Patria en forma urgente para así cimentar definitivamente el progreso que merece”, concluye la nota. Lo que aquella crónica olvida y que los documentos testimonian, es que fue el padre Ambrosio Marcenaro Boutell quien bendijo en Socompa la inauguración del Ramal C-14, el 20 de febrero de 1948. Ceremonia que contó con la presencia del Ministro de Obras Públicas de la Nación, General Juan Pistarini y del gobernador de Salta, Dr. Lucio Cornejo Linares.

La gran actividad desplegada en todos los órdenes por el padre Ambrosio Marcenaro, pronto despertaron la envidia de algunos sectores políticos. Y así fue que el 25 de marzo de 1951, Domingo de Resurrección, le robaron a la iglesia de San Antonio de los Cobres la única campana del templo y el armonio que estaba en lo alto del coro. Ante ello el cura salió con su coche tras los ladrones pero nunca pudo dar con ellos y los elementos robados jamás regresaron al pueblo. Y pese a que el “padrecura” -como le decía el sacristán don Epifanio Barboza- denunció los hechos, en la Legislatura un diputado puneño, molesto por el dinámico accionar del padre, tramó desprestigiarlo en una campaña.

En 1953, monseñor Tavella le dio al padre Marcenaro Boutell otro destino y por algunos años cumplió su tarea sacerdotal y también como docente en la Escuela Industrial, hasta que a fines de los años 50 se alejó de la provincia.

Por un buen tiempo nada se supo en Salta de aquel sacerdote puneño hasta que a principios de 1960 fueron presentados en nuestra ciudad los famosos coches franceses Citroën 2 CV. Según la publicidad, esos autos eran prácticamente involcables y así fue que para confirmar esa publicidad, en la avenida Uruguay, frente al Monumento a Güemes, un equipo de la automotriz francesa mostró la gran maniobrabilidad de sus autos. De esa presentación participaron 10 coches con sus respectivos pilotos, los que luego de increíbles piruetas, confirmaron que era vehículos casi imposibles de volcar.

La sorpresa fue cuando El Tribuno al cubrir el acontecimiento, se dio con la novedad que entre esos expertos volantes de Citroën, figuraba nada menos que el cura Ambrosio Marcenaro Boutell. Estaba de incógnito quien, unos 20 años antes, había intentado correr un Gran Premio Argentino junto a Gálvez, Ciani, Peduzzi y Cabalén. Se había quedado con las ganas de carrerear cuando monseñor Tavella le denegó el permiso. Y así fue que tuvo que conformarse con haber sido, por más de una década, el “pilotocura” más veloz de Los Andes, el que conocía todos y cada uno de los vericuetos y cortadas de la cordillera, tanto subiendo como bajando el tan temido talud del abra de Muñano.

Y así fue que cuando los Citroën se fueron de Salta, el inolvidable Marcenaro siguió con ellos y nunca más se lo vio por Salta. Hoy, una calle de San Antonio de los Cobres lo recuerda. 

Fuente: El Tribuno

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