Brunetti: “Tengo la tranquilidad espiritual de tener la empresa con más sentimiento social de Salta”

El Frigorífico Brunetti cumplió cuatro décadas. En una entrevista con El Tribuno, el empresario Franco Brunetti, propietario de la firma, recordó sus comienzos, analizó los momentos más difíciles y se refirió a la actual inflación. “Me da vergüenza ajena cobrar el kilo de milanesa a 1.200 pesos”, afirmó. No obstante, destacó que en estos años logró el precio más económico del país. 

¿Cómo se logra permanecer 40 años en un contexto macroeconómico oscilante?
Yo sostengo que la fe es la esencia de la vida. Yo soy una persona que me eduqué en la fe cristiana, por el ejemplo de mi madre, una persona muy católica, con principios muy férreos y con una gran capacidad de sacrificio. Tanto mi padre como mi madre me han marcado positivamente. Tal es así que mi tarea la he asumido más que como una obligación, como un hobbie, como un placer. Yo disfruto de mi tarea, sino no podría haber sobrellevado 40 años con todas las adversidades que vivimos. 

¿Qué es lo más complicado que le ha tocado enfrentar como empresario del sector? 
Yo adquirí el frigorífico con la obligación de hacer. Ya no era simplemente comprar el frigorífico, sino que tenía compromisos comerciales, sociales. Nosotros estamos en una industria que tiene una obligación sanitaria. Estamos administrados por el Senasa, tenemos la responsabilidad de producir productos inocuos y todo eso te conlleva a una obligación permanente. Es una vocación.

¿Cómo llega a Salta? ¿Cómo fueron los primeros pasos?
Yo conocía todo el país, menos Salta y Jujuy. Mi esposa toda su vida de soltera veraneó en Mar del Plata y no conocía el interior. Entonces, cuando nos casamos recorrimos Europa y ahí conoció las primeras montañas en España y me preguntó si había en Argentina; le dije que sí. Justo en ese momento la provincia de Salta publica en el diario La Nación la licitación de la privatización del frigorífico, entonces le digo a mi mujer: “Te invito a conocer Salta”. Se puso contenta… pero al rato me dijo: “Seguro vas a ir a trabajar”. Y bueno, nos vinimos a Salta y conocimos el frigorífico, que me gustó. Me gustó también la ciudad. Lo que más me impactó fue la cantidad de iglesias y la cantidad de colegios católicos. Eso me transmitió una capacidad cultural que no tenía el resto del país.

¿En qué año fue esto?
En el 81.

¿Cómo era su vida antes?
De lunes a miércoles en el Mercado de Liniers, en Buenos Aires. Jueves a domingo, en los campos, en el oeste de la provincia de Buenos Aires. 

En los 80 Salta no era un mercado fuerte. Tampoco el sector ganadero tenía las características de hoy. ¿Qué comparación hace? 
Empiezo al revés. Yo tengo acuñada una frase: “Transformamos a Salta en la mejor plaza de ganados y carnes del país”. Ese fue un esfuerzo muy importante. Cuando llegué a Salta el stock ganadero eran 250 mil cabezas de criollos, que se llamaban comúnmente “guampudos”. No estaba instalada la genética sintética que se transformó a través de la raza Braford y Brangus. También hubo una incipiente raza, con poca vigencia, la Santa Gertrudis, que tenía ciertos problemas de fertilidad.

“A los 17 años me emancipa un juez de la Nación. Fui el matarife más joven de la historia del país. Yo garantizo dos cosas: la frescura y calidad junto a la inocuidad sanitaria de nuestros productos”. 
 

Nosotros en la Sociedad Rural, cuando hacía sus concursos, incentivábamos y promovíamos a los novillos gordos. Premiábamos a los lotes campeones de las razas Braford y Brangus. Hace unos años reconocimos a don Pedro Borgatello, que fue uno de los primeros cabañeros que traía su chasis de toros a Salta, allá por el 83, 84 y 85. Le hicimos un agasajo en la Sociedad Rural, le entregamos una bandeja de plata como recordatorio por su esfuerzo trayendo los toros. Ahí comenzó la transformación, que se coronó desde dos puntos distantes pero que concuerdan en el conjunto de la operatoria: por un lado hoy Salta tiene cabañas con genética de primer nivel nacional e internacional, es un gran logro; por el otro lado, de los dos feedlots más importantes del país tiene un conjunto de feed con gente muy capaz y emprendedora, que aplica ciencia y tecnología. 

Salta, tenemos que reconocerlo porque no es una crítica sino un análisis, perdió en estos últimos 15 años el envión en desarrollo agropecuario. Tenemos la suerte que Salta tiene un conjunto de emprendedores y desarrolladores muy fuertes, tenemos firmas extranjeras y nacionales con mucha trayectoria en el sector. Es lo que llevó a desarrollar miles de hectáreas que han generado una nueva visión de Salta, que dejó de ser esa provincia tradicional para transformarse en una provincia pujante, aplicando nuevos métodos, nuevas tecnologías. Tenemos los desarrollos de Anta, del Valle, del norte… Hoy Salta tiene una envergadura en el aspecto agropecuario muy importante. Tiene gente muy capaz intelectualmente y muy laboriosa. Hay emprendimientos reconocidos a nivel nacional.

¿La desaceleración de crecimiento que menciona obedece a la falta de políticas públicas para el sector? 
Sí, en estos últimos 15 años. Hoy tenemos que tener una visión clara: estando a 1.600 kilómetros de los puertos, lejos de los grandes centros de consumo, todo se nos hace difícil. Estamos viviendo una tormenta perfecta. Perdimos el ferrocarril, que era un flete competitivo. Las ganancias nuestras con respecto a los productores de la Pampa Húmeda se van por el caño de escape del camión. Nosotros tenemos que llevar la soja, el maíz y el sorgo a Rosario… Toda nuestra producción, frutas y verduras, tenemos que llevar a Santa Fe, Córdoba y Buenos Aires. Y, en el trayecto, el flete nos lleva la ganancia.

¿Sueña una Salta más productiva?
Cuando yo llegué y antes de asumir la conducción del frigorífico me invitó mi amigo Arnaldo Etchart a la Confederación Empresaria Salteña, donde estaban los representantes del comercio, la industria y la producción. Al final de la charla me dijo: “Franco, ¿qué te motivó venir a Salta?”. Le dije que Salta es el punto más cercano a Tokio. Porque en la década del 70 comenzó una movida que se llamaba los cuatro tigres asiáticos. En esa movida nosotros teníamos el desconocimiento de lo que era Asia, es decir China, India, Vietnam… Entonces se empezó a desarrollar el conocimiento del mercado asiático. Y yo le dije que lo importante era estar en la avenida del Libertador del mundo moderno, que es el Pacífico, y lo sigo sosteniendo. 
Nosotros tenemos que estar con un costo operativo de llegar al Pacífico en una forma competitiva, porque quiérase o no, el crecimiento asiático es el más ágil en el mundo. Los que saben y hacen análisis futuristas dicen que la India, por su conducta social de crecimiento demográfico, en pocos años superará a la cantidad de habitantes chinos. Entonces toda esa población necesitará comida. En el mundo moderno, el gran desafío es la alimentación, poder desarrollar… 
Hoy estamos tomando conocimiento del efecto climático. Hoy el mundo padece el clima: grandes sequías, nevadas, inundaciones, cosas inéditas. Todo eso está creando un desequilibrio. Hoy los mercados mundiales de los cereales viven un estrés permanente. Según los resultados climáticos, es el valor del producto. Es un desafío muy importante. 
Argentina tiene una geografía extensa para la cantidad de habitantes que somos. Tenemos todos los climas, todas las alternativas. Lo que me preocupa es la situación económica y la conducción política. No le encontramos el agujero al mate…

¿Qué anécdota guarda de su trayectoria como empresario?
Te voy a contar algo que me marcó: a mis 15 años, mis padres me emanciparon. Me hago cargo de un local de carnicería y me dan 14 mil pesos para comprar tres medias reses, con el compromiso de que cuando me funda agarre los libros de nuevo y le lleve a mi padre el título de ingeniero. Ese era su sueño.

¿Era solo una carnicería?
No, teníamos un ramos generales muy importante. Entonces me emancipan con ese compromiso. Me dicen que no me iba a faltar dinero, pero que del tema no se iba a hablar más hasta que les lleve el título. Tomé el desafío. Estuve muchas veces por fundirme, pero no se cumplió el deseo de mi padre. A los 17 años me emancipa un juez de la Nación, me matricula la Junta Nacional de Carnes e ingreso el primer día hábil de 1967 al Mercado de Liniers. Fui el matarife más joven de la historia del país. 
Del 1 de noviembre de 1964 al 30 de marzo de 1965, el doctor (Arturo) Illía (expresidente) decreta el precio máximo de la carne y ahí comienza su grave problema político y social, que termina en el golpe de Onganía. Ese fue un momento muy duro, fue muy difícil. Nosotros veníamos con el arrastre de la frase de Alsogaray que decía: “Hay que pasar el invierno”. Otro momento difícil fue lo que pasó en el 88 y 89. 

Eran sus primeros años en Salta…
Sí, ya tenía siete u ocho años en Salta, fue muy duro. Tal es así que llego un viernes a la noche a Salta y tenía diez llamados del director del Hospital del Niños. El sábado a la mañana llego al escritorio y lo llamo. Me pide por favor que lo acompañe porque estaban pasando un momento muy difícil. Me dice algo que me dolió mucho: se morían diez o doce chicos por día, había mucha desnutrición, muchos problemas. En ese momento, en el orden empresarial, todos los sábados les preparábamos un alimento a los empleados. La inflación era tal que cuando cobraban el sueldo, estaba diluido. Ojo que se puede volver dar.

¿Están dadas las condiciones? ¿Por qué cree que el Gobierno no encuentra una salida?
El Gobierno kirchnerista fabricó millones de desempleados, esos desempleados están recibiendo subsidios, ese subsidio está alimentado por la maquinita, la maquinita de la Casa de la Moneda trabaja 24 horas emitiendo papel, no emitiendo riqueza. Entonces eso en un momento va a explotar, porque es insostenible. Hoy vemos que hay muchos productos que están faltando. Están faltando insumos. Eso genera inseguridad productiva.

Incertidumbre…
Y cuando hay incertidumbre productiva es porque no hay riqueza. Todos producimos riqueza, pero si no la podemos producir porque no hay gasoil, eso no se concreta.
 
Llevamos años de inflación constante, ¿alguna vez pensó que un kilo de asado pudiera costar más de mil pesos?
Hoy me da vergüenza ajena cobrar un kilo de milanesas a 1.200 pesos. Ojo que tengo la tranquilidad de que en estos 40 años hemos facilitado 150 millones de kilos de proteínas rojas a un precio promedio más económico que a nivel nacional. Tengo la tranquilidad espiritual de ser la empresa con más sentimiento social de la provincia. 
Hay que abastecer 150 millones de kilos. Con un kilo de hígado que cuesta 250 pesos y una cebolla una familia come. Nosotros tenemos un montón de productos y subproductos con los que le damos a la gente la posibilidad del acceso a la proteína roja.

Se contrajo el consumo de carne…
Hoy con el consumo de carne estamos en entre un 30 o un 40 por ciento de merma de lo habitual. Hasta el día 15 del mes hay un poder adquisitivo de parte de la gente, después del 15 en adelante merma y se nota muchísimo. 

Recién decía que lograron mantener el mejor precio ¿Pero cómo se garantiza la calidad?
Yo garantizo dos cosas: la frescura y calidad junto a la inocuidad sanitaria de nuestros productos. Las 24 horas del día nuestro frigorífico está supervisado por el Senasa. 

¿Nunca le interesó participar en política?
No… Le voy a decir algo que conoce mucha gente. En mis comienzos laborales tuve una relación intensa con el hermano del presidente (Raúl) Alfonsín, en la década del 60 o 70. En 1972, en pleno gobierno militar presidido por el general (Agustín) Lanusse, 25 muchachos de Adrogué, de Burzaco, lo acompañamos al doctor Alfonsín a fundar su primer comité. Nunca fui funcionario ni político, fue una situación de amistad que duró hasta el final. Como era el carnicero del grupo tuve la obligación de poner el asado para la fundación del comité. Esa noche hicimos un asado en Burzaco, provincia de Buenos Aires. De ahí tuve una relación con el doctor, que después en el 83 empezamos a colaborar, yo ya en Salta. 
Hay que recordar el acto cuando vino el doctor Alfonsín en las calles Pueyrredón y Belgrano, que fue una marea humana, todo espontáneo, una cosa excepcional. Y después le solicité, porque fui empujando el carro, y nos concedió el decreto que derogó el decreto firmado por el general Lanusse de 1972 prohibiendo la exportación de cuero salado. Pudimos empezar a exportar los cueros salados. 
En el 85 nos concedió el decreto, yo empujé todo el trámite, de la reconversión de la industria frigorífica, que permitió la financiación de todos los pasivos del sector. Porque veníamos con el endeudamiento de ese famoso dicho del ministro (de Economía, Lorenzo) Sigout: “El que apuesta al dólar pierde”. El único modo que teníamos de financiarnos en el sector era con créditos en dólares, o sea que cuando estalla el dólar quedamos toda la industria endeudada y ese decreto permitió que saliéramos adelante, terminando con el plan Bonex, con el gobierno de (Carlos) Menem. 
No he sido actor político pero participé desde el punto de vista empresarial.
 

Fuente: El Tribuno

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