El 2020, un año marcado por un nuevo récord mundial de refugiados

Según Acnur, un 1% de la población mundial es desplazada, es decir una de cada 95 personas.

Según Acnur, un 1% de la población mundial es desplazada, es decir una de cada 95 personas.

Las crisis humanitarias pudieron más que la pandemia: nuevo récord mundial de refugiados

Hay 4,1 millones que pidieron asilo en el mundo y 3,9 millones de venezolanos que cruzaron las fronteras para escapar de una situación económica calificada por la propia ONU como una crisis humanitaria.

Hay 4,1 millones que pidieron asilo en el mundo y 3,9 millones de venezolanos que cruzaron las fronteras para escapar de una situación económica calificada por la propia ONU como una crisis humanitaria.

Por Florencia Fazio

Pese a la pandemia, el cierre de las fronteras y la multiplicación de restricciones a la circulación en todo el mundo, la cifra de refugiados y desplazados siguió creciendo el año pasado y superó la barrera de los 82 millones, el doble que hace una década, lo que demuestra que los conflictos existentes se agravan, nuevos surgen y la gran mayoría de las personas expulsadas continúan sin poder volver a sus casas.

«Un 1% de la población mundial es desplazada, es decir una de cada 95 personas. Uno podría preguntarse: si esta tendencia se mantiene, ¿a dónde podemos llegar? Muy posiblemente en los próximos años llegaremos a más de 100 millones de personas desplazadas, pero la pregunta es ¿cuán pronto?», alertó en diálogo con Télam Juan Carlos Murillo, representante regional para el sur de América Latina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).

Pese a su preocupación, Murillo reconoció que esperaban «que la cifra fuera aún más alta».

«La pandemia ha hecho que el número, aunque subió, no lo hizo en proporción a la situación humanitaria que tenemos en distintas partes del mundo», advirtió.

Récord mundial de refugiados

De los 82,4 millones, de los cuales un 42% son menores de edad, 26,4 millones son refugiados -es decir personas que debieron abandonar su país de origen-, mientras que 48 millones son desplazados internos y, aunque se vieron forzados a dejar su hogar, su trabajo y sustento, se mantienen dentro del mismo territorio, según el último informe global del Acnur.

Además, hay 4,1 millones que pidieron asilo en el mundo y 3,9 millones de venezolanos que cruzaron las fronteras para escapar de una situación económica calificada por la propia ONU como una crisis humanitaria. A ellos se los llama desplazados en el exterior porque salieron del país pero no pidieron asilo para ser reconocidos como refugiados.

Infografía.

Infografía.

A contramano de las polémicas desatadas en los últimos años en varios países de la Unión Europea por la llegada de refugiados y, más recientemente, la ley sancionada por Dinamarca para enviar solicitantes de asilo fuera de Europa, los países ricos apenas acogen a un 27% de los refugiados en el mundo.

«Muy posiblemente en los próximos años llegaremos a más de 100 millones de personas desplazadas, pero la pregunta es ¿cuán pronto?»,

Juan Carlos Murillo

En otras palabras, todos los países desarrollados acogen en la actualidad cerca de 3,7 millones de refugiados, el mismo número que registró solo Turquía para finales de 2020, lo que representa la mayor concentración de población refugiada en un solo territorio, compuesta principalmente por sirios que escaparon de la guerra vecina.

«Tiene que ver un poco con dónde se están presentando las crisis humanitarias y también cuán receptivos o no son los países a efectos de recibir refugiados. Indudablemente cada vez es más difícil llegar a los países en desarrollo que están un poco más lejos de donde suceden las crisis humanitarias, en particular con Siria, Venezuela, Afganistán, Sudán del Sur y Myanmar», explicó Murillo.

Como los sirios en Turquía, en general, quienes escapan de la violencia, guerras o pobreza extrema tienden a buscar protección en países vecinos, una característica que expone la vulnerabilidad del refugiado, que no tiene acceso a un traslado seguro y suele recorrer kilómetros a hasta alcanzar el primer destino detrás de la frontera; muchos se desploman en el camino. También significa que muchos de los que escapan lo hacen con la idea de que es algo temporario y que pronto podrán volver.

Por todas estas razones, la mayoría de los venezolanos que dejaron su territorio se fueron a los países vecinos -solo en Colombia hay más de 1,7 millones-, mientras que Pakistán, el tercer Estado receptor en el mundo, recibió un gran afluente del fronterizo Afganistán, en constante conflicto armado desde hace más de 40 años.

Uganda, hogar de más de 1,4 millones de refugiados, recibió de varios países vecinos en conflicto interno, entre ellos Sudán del Sur, y la mayor parte de los refugiados de la minoría musulmana rohingyas que escaparon en los últimos años de Myanmar, fueron a parar a la vecina Bangladesh. Algo similar sucede con los refugiados palestinos, la gran mayoría de los cuales siguen viviendo en campos en los territorios ocupados por Israel y los países árabes vecinos. 

El único ejemplo significativo que rompe con esta tendencia es Alemania, con 1,2 millones de refugiados de diversas crisis y guerras de todo el mundo.

Murillo destacó que aún en pandemia, la comunidad internacional -léase mayormente los países ricos- mantuvieron «una respuesta generosa». «Lamentablemente los recursos que se requieren siempre son mayores a los que recibimos», aseguró.

La problemática de los refugiados tiene una cara urgente que es la protección y garantía de los derechos básicos de la persona que dejó todo atrás, muchas veces solo con lo puesto. Pero la otra cara, la más estructural, es el trabajo para que pueda retornar a su tierra o, de ser imposible en el mediano o corto plazo, que se integre en una sociedad de un tercer país.

Según el informe global de la Acnur, el retorno de los refugiados se convierte, con el paso del tiempo, en una idea cada vez más difícil: en 2020 solo 251.000 personas pudieron regresar a su país.

«En muchos casos, particularmente en África o Asia (ser refugiado) implica vivir en una situación de campamento.
Afortunadamente en el caso de las Américas, las personas están conviviendo en comunidades de acogida, en tanto la práctica de los campamentos fue erradicada desde mediados de los 90″, explicó Murillo.

«Existen mejores oportunidades para la integración local y agradecemos tanto a los países y a las comunidades de acogida de las Américas que la práctica se mantenga, que haya políticas de recepción de refugiados y de protección directamente en las comunidades a las cuales llega», agregó y destacó que «Argentina, Uruguay, Chile, Paraguay y Bolivia, han garantizado acceso a los planes de vacunación sin discriminación e igualdad de condiciones para todas las personas refugiadas y migrantes».

En este contexto, la llamada relocalización en un tercer país, donde el refugiado recibe protecciones y puede integrarse realmente, se convierte en una perspectiva necesaria para el futuro de esta población vulnerable.

Murillo, sin embargo, destacó un dato «decepcionante»: «El año pasado por primera vez Acnur registró solamente 34.000 personas reasentadas, pese a que la cifra debería haber superado las 150.000. Esto equivale a casi un 70% en el descenso con respecto al reasentamiento que realizamos en el 2019.»

Sudán del Sur, de país más joven del mundo a primer exportador de refugiados de África

Sudán del Sur se independizó de Sudán en 2011, es el país más joven.

Sudán del Sur se independizó de Sudán en 2011, es el país más joven.

Es el país más joven y la nación de origen de la cuarta mayor población de refugiados y desplazados externos detrás de Siria, Venezuela y Afganistán, y también posee la tercera cifra más grande de desplazados internos de África, con 2,3 y 1,6 millones, respectivamente.

Arrasada por una guerra civil que dejó cientos de miles de muertos y devastó su economía, la nación de África oriental es una de las más proclives al conflicto armado,  menos felices y en mayor riesgo de colapso, según tres reconocidos índices mundiales.

Sudán del Sur, de 12,7 millones de habitantes, se independizó de Sudán en 2011, años después de una primera guerra civil; pero en 2013 se sumió en otro complejo conflicto armado interno e interétnico, que enfrentó a fuerzas del Gobierno y de la oposición.

Se estima que unas 400.000 personas murieron en la guerra, marcada por terribles atrocidades, hasta que los líderes Salva Kiir y Riek Machar firmaron la paz y formaron un Gobierno de unidad en febrero de 2020, abriendo la puerta al retorno de un grupo de refugiados.

«Este acuerdo de paz ha traído esperanza a la nación más joven del planeta, que sigue sufriendo la mayor crisis humanitaria y de refugiados de África», dijo entonces el jefe del organismo de la ONU para los refugiados (Acnur), Filippo Grandi.

En un informe de abril pasado, el Acnur advirtió que brotes de violencia locales por disputas tribales y por la resistencia de numerosas milicias a campañas de desarme del Gobierno «podrían llevar a nuevos flujos de refugiados hacia países vecinos en 2021».

Una actualización del informe publicada en mayo precisó que más de 2,2 millones de sursudaneses están actualmente refugiados en la República Democrática del Congo (RDC), Etiopía, Kenia, Sudán y Uganda, «la mayor población de refugiados de África».
El 83% de esos refugiados o solicitantes de asilo son mujeres y niños.

Otros 1,6 millones de sursudaneses también abandonaron sus casas por la violencia u otras causas pero se asentaron en otras zonas del país, una cifra de desplazados internos solo superada en África por la RDC y Somalia, siempre de acuerdo al Acnur.
La pandemia de coronavirus constituye otro peligro para los refugiados sursudaneses debido a la alta densidad de población de los campamentos que habitan y a sus precarias condiciones sanitarias.

Por ejemplo, solo el 43% de los hogares de refugiados o familias de refugiados sursudaneses tiene letrinas, según el Acnur.
Unos 445.000 refugiados han retornado a Sudán del Sur, desde la asunción del Gobierno de unidad, según la actualización del informe, pero la mayoría siguen viviendo en campamentos en Kenia, Sudán y Uganda.

Entre los motivos de la huida de hogares se destaca la violencia armada, pero también las recurrentes hambrunas resultantes de severas sequías que han disparado a 6 millones la cifra de personas en inseguridad alimentaria dentro de Sudán del Sur.

En febrero de 2017, el Gobierno de Sudán del Sur y la ONU declararon en el país la primera hambruna del mundo en seis años.
A fines de 2020, en medio de persistentes espasmos de violencia y del impacto del coronavirus, un informe internacional de expertos en seguridad alimentaria advirtió que cinco condados sursudaneses no tenían suficiente comida para sostener a sus habitantes.

Un condado, Pibor Occidental, en tanto, estaba en «probable hambruna», lo que significa que al menos el 20% de los hogares enfrentan una escasez extrema de alimentos y al menos el 30% de los chicos y chicas están malnutridos.

Según su Gobierno, Sudán del Sur acumula unos 10.800 casos de coronavirus y 115 muertes, aunque se da por descontado que las cifras reales son mucho mayores.

Myanmar y el sufrido pueblo rohingya

Casi todos los refugiados de Myanmar pertenecen a la etnia rohingya.

Casi todos los refugiados de Myanmar pertenecen a la etnia rohingya.

La atormentada nación de Myanmar ha enfrentado en pocos años un genocidio, el mayor éxodo forzoso de Asia desde la Guerra de Vietnam y un golpe de Estado que puso fin a su esperanzador retorno a la democracia tras décadas de dictadura militar.

La antigua Birmania, ubicada en el Sudeste Asiático, es la nación de origen de la quinta mayor población de refugiados y desplazados externos del mundo, estimada en 1 millón de personas y solo superada por las procedentes de Siria, Venezuela, Afganistán y Sudán del Sur. 

En un hecho notable, casi todos esos refugiados pertenecen a una misma etnia, la rohingya, una minoría musulmana perseguida por el Gobierno y budistas radicales de Myanmar, y más de 700.000 de ellos huyeron del país solo desde fines de 2017.

El éxodo es el mayor de Asia desde la Guerra de Vietnam (1955-1975) y la represión de los rohingyas fue calificada de «genocidio» por autoridades de la ONU, fiscales de la Corte Penal Internacional (CPI), Gobiernos y grupos de derechos humanos.

La última campaña represiva, que sigue a otra de fines de 2016, comenzó en agosto de 2017 con una ofensiva del Ejército birmano en Rakhine, un estado del oeste de Myanmar fronterizo con Bangladseh que los rohingyas consideran su hogar ancestral.

Un estudio de 2018 que utilizó proyecciones estadísticas en base a entrevistas con refugiados en Bangladesh estimó que el Ejército y pobladores locales mataron a unos 25.000 rohingyas y cometieron violencia sexual contra unas 18.000 mujeres y niñas.
La persecución, sin embargo, se remonta a muchos años antes.

Desde la independencia de Myanmar del Imperio británico, en 1948, los 1,4 millones de rohingyas tenían sus derechos muy cercenados: no poseen ciudadanía y no pueden desplazarse libremente, acceder a la educación superior ni ejercer cargos públicos.

También se los somete regularmente a trabajosos forzados para el Gobierno o el Ejército, y muchas de sus tierras cultivables han sido confiscadas por las Fuerzas Armadas y entregadas a colonos budistas llegados a Rakhine de otras provincias.

La mayor parte de los rohingyas huyó al vecino Bangladesh, donde dio lugar al mayor campamento de refugiados del mundo, el de la localidad de Ukhia, en Cox’s Bazar, en el sureste bangladesí.

Otros escaparon hacia India, Tailandia, Malasia y otras partes del sur de Asia y del Sudeste Asiático.

El 1 de febrero pasado, militares dieron un golpe de Estado que derrocó al Gobierno de la líder civil y premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi y puso abrupto término al retorno a la democracia iniciado en 2015 luego de Gobiernos militares ininterrumpidos desde 1962.

Desde el golpe, el país se ha sumido en el caos, con una feroz represión de protestas prodemocráticas que ha dejado cientos de muertos y enfrentamientos entre el Ejército y milicias de algunas de las 135 etnias reconocidas como de Myanmar.

El organismo de la ONU para los refugiados (Acnur) dijo en un reciente informe que la crisis posterior al golpe provocó 175.000 nuevos desplazados internos, que se sumaron a los 370.000 que había hasta entonces y elevaron el total a 545.000.

En 2019, el éxodo rohingya de 2017 llevó a la CPI a abrir una investigación preliminar de genocidio y a la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de la ONU a abrir otra de crímenes contra la humanidad. La CPI juzga a personas y la CIJ, a países.

En 2019, una demanda fue presentada ante la Justicia argentina para enjuiciar a Suu Kyi y a otros funcionarios de Myanmar por crímenes contra los rohingyas, la primera vez que la premio Nobel de la Paz es objeto de una acción legal por la crisis.

El Gobierno de Suu Kyi negó las acusaciones y dijo que el Ejército lanzó su ofensiva de 2017 luego que islamistas radicales rohingyas atacaron e incendiaran decenas de comisarías y puestos de control de fuerzas de seguridad en Rakhine.

Venezuela, origen de uno de los mayores éxodos del mundo

Acnur y OIM estimaban que a fines de 2020 había 5,4 millones de venezolanos fuera de su país.

Acnur y OIM estimaban que a fines de 2020 había 5,4 millones de venezolanos fuera de su país.

Venezuela constituye uno de los mayores problemas migratorios del mundo, con al menos 5,4 millones de venezolanos fuera de su país, de los cuales más de 800.000 solicitaron asilo y más de 140.000 fueron reconocidos oficialmente como refugiados, según datos de la ONU.

Este éxodo, que equivale al 18,9% de los 28,52 millones que viven actualmente en Venezuela, se multiplicó en los últimos cuatro años, según diversas organizaciones especializadas, y representa “una de las crisis más desfinanciadas del mundo actual”, según el Consejo Noruego para los Refugiados (NRC), por lo que la ONU volvió a reclamar el jueves pasado un fondo de 1.400 millones de dólares para atender a esas personas.

Con “un aumento de 8.000% en el número de venezolanos y venezolanas que solicitaron la condición de refugiado en todo el mundo desde 2014, principalmente en las Américas”, la venezolana se convirtió en “una de las principales crisis de desplazamiento» del planeta, afirmó el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (Acnur) en su página web.

El Acnur y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM, también de la ONU) estimaban que a fines de 2020 había 5,4 millones de venezolanos fuera de su país, de los cuales 50,7% eran mujeres y 13,8%, menores de 19 años.

Asimismo, 806.411 de esos venezolanos habían solicitado asilo en los diversos países que los recibieron y otros más de 140.000 ya habían sido oficialmente reconocidos como refugiados, según Acnur.

De las solicitudes de asilo, 62,6% estaban radicadas en Perú, 15,2% en Estados Unidos, 10,7% en Brasil y 2,3% en Colombia. Con 0,4%, la Argentina figuraba en décimo lugar en esa lista.

En cambio, el Observatorio de la Diáspora Venezolana (ODV) estima en “más de 6,5 millones” la cantidad de venezolanos en el exterior, de los cuales “hay como 900.000 solicitudes de asilo, concentradas más de 50% en Perú”, dijo el coordinador de la entidad, el sociólogo Tomás Páez, en conversación telefónica con Télam.

Páez explicó que el ODV basa sus estadísticas en informes recabados en 300 ciudades de 90 países y que comenzó a elaborarlas en 2013, mientras los organismos de la ONU lo hicieron a partir de 2018, “desde que fuera designado (el exvicepresidente de Guatemala Eduardo) Stein” como representante especial de la ONU para los Refugiados y Migrantes Venezolanos.

La emigración de venezolanos se potenció a partir de 2017, cuando dejaron su país unos dos millones de personas, una cantidad similar a la de quienes lo habían hecho en los 18 años previos, según datos del ODV.

“La de los refugiados y de la migración venezolana es una de las crisis más desfinanciadas del mundo actual; la solidaridad internacional y el apoyo financiero son lamentablemente insuficientes y están desesperadamente por debajo de lo que se necesita para responder al éxodo masivo de Venezuela”, advirtió el miércoles pasado la directora del NRC en Colombia, Dominika Arseniuk.

La dirigente precisó que en lo que va de 2021, “los donantes internacionales solo han comprometido 6% de los 1.400 millones de dólares solicitados por la comunidad humanitaria”, por lo que las organizaciones de ayuda “solo pueden brindar asistencia a una pequeña fracción de los más de cinco millones de venezolanos que la necesitan” y “las solicitudes de los refugiados y migrantes a la comunidad internacional son cada vez más desesperadas”.

Por ese motivo, la ONU propuso el jueves formar un fondo de 1.400 millones de dólares -más del doble de los 659 millones movilizados el año pasado-, en la Segunda Conferencia Internacional de Donantes en Solidaridad con los refugiados y migrantes venezolanos, realizada en forma remota desde Ottawa.

“El impacto de la pandemia en los países de acogida ha sido muy severo, las necesidades han crecido de manera exponencial”, justificó Stein.

Refugiados climáticos: crece la cifra pero no las soluciones legales

Por Virginia Solana

Las organizaciones ambientales están en campaña para que se reconozca ese estatus de refugiado ambiental.

Las organizaciones ambientales están en campaña para que se reconozca ese estatus de refugiado ambiental.

Solo en 2020, más de 30 millones de personas se vieron obligadas a dejar sus hogares por eventos climáticos extremos y, si bien lo hicieron con el respaldo de Gobiernos u organizaciones humanitarias que los consideran «refugiados climáticos», ese estatus jurídico no existe en el derecho internacional y, cuando la tormenta acaba, su destino vuelve a quedar en sus manos.

Según la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, es refugiado aquel que ha cruzado fronteras internacionales «debido a fundados temores de persecución por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas» .

En algunos contextos, la definición abarca también a personas que huyen de «eventos que alteran gravemente el orden público».

La pregunta que plantean los activistas climáticos entonces es quién se hace cargo de las personas obligadas a desplazarse por eventos climáticos, casos en los que la responsabilidad suele ser más difusa.

En 2004, dos millones de personas se vieron obligadas a dejar sus hogares en el Sudeste Asiático cuando un terremoto afectó el Océano Índico y desató una serie de tsunamis que golpeó a 14 países.

«Cuando esas personas quisieron volver a sus tierras ya estaban todas privatizadas y empezaban a construirse los hoteles cinco estrellas que hoy en día están ahí localizados», contó a Télam Leonel Mingo, coordinador de la campaña de cambio climático de Greenpeace Argentina.

«A esa gente, ¿cómo las contabilizamos? ¿Son personas a las que echaron de su casa? ¿Son refugiados por un proceso político económico o por causa del tsunami, que es claramente una cuestión ambiental?, inquirió Mingo.

Por otro lado, esa gente, a la que la agencia de la ONU para los refugiados (Acnur) define como «personas desplazadas en contextos de desastres y cambio climático», no solo es aquella que aparece en las noticias cuando se produce un evento climático en alguna parte del mundo.

«Muchas veces nos quedamos con la imagen fuerte de un tsunami, pero el verdadero movimiento, el refugiado ambiental, es resultado de décadas de destrucción de ecosistemas que hacen que un lugar que antes era habitable ahora no lo sea», agregó el activista y puso como ejemplo las viviendas a la orilla del Riachuelo: «Esas personas no son refugiadas ambientales porque no les da económicamente para ir a vivir en otro lado, pero sino lo serían», afirmó.

Hay casos de desplazamientos climáticos en los que las solicitudes de reconocimiento del estatus de refugiado son admitidas porque se combinan con situaciones de violencia por conflictos armados en sus países.

«El refugiado ambiental, es resultado de décadas de destrucción de ecosistemas que hacen»,

Leonel Mingo

Tal es el caso de la región africana de El Sahel, que atraviesa por una de las crisis de desplazamiento que más rápido avanza en el mundo.

En esta región, casi tres millones de personas se han trasladado a otros puntos de su propio país o han optado por abandonarlo debido a la violencia indiscriminada que ejercen los grupos armados.

Las organizaciones ambientales están en campaña para que se reconozca ese estatus de refugiado ambiental aunque son conscientes de que todavía falta mucho para que el tema sea tratado con seriedad.

Además, si bien es un paso importante, está lejos de ser resolver la cuestión.

«La solución está en dejar de hacer las cosas que destruyen el ecosistema. No en poner un cartelito que diga ‘refugiado ambiental’ y seguir deforestando. Eso perpetúa el problema», aseguró el coordinador de la campaña de cambio climático. 

Fuente: Télam

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