La feria de Sumalao y  el cuento  infantil del “Gallito pelao”

Como hace cientos de años, hoy el solitario paraje de Sumalao se volverá a poblar de promesantes, feriantes y curiosos. Y aunque ahora la fiesta es casi eminentemente religiosa, aún le quedan resabios de las épocas precolombinas cuando los nativos de comarcas lejanas se reunían para intercambiar sus productos.
Por varios días Sumalao se veía poblado de rebaños de llamas y feriantes que paraban sus ranchos de suncho no solo para tener dónde “truequiar”, sino también para entregarse al jolgorio del encuentro y donde abundaba la chicha y la aloja, y también la música y los bailes autóctonos. 
Ya en tiempos de la colonia, la feria continuó con ingredientes introducidos por los españoles hasta que se transformó en una de las más importantes del virreinato y donde se llegaron a vender -según Concolorcorvo- unos 60 mil mulares que luego eran arreados hacia el Alto Perú.

El Santo Cristo

Algunos escritores sostienen que en el siglo XVII comenzó la veneración por el “Señor de Sumalao”. La leyenda cuenta que a principio de ese siglo, don Gabriel Torres y Gaeta al regresar del Perú, traía una copia (pintura) del “Señor de Vilque” para la capilla de su hacienda “Pucará”, en San Juan. Pero cuando la mula que trajinaba el cuadro del “Señor” llegó a Sumalao, se empacó y por nada quiso seguir viaje. Echada al pie de un algarrobo no hubo forma de hacerla caminar pese a las azotainas propinadas. En la creencia que el animal estaba herido o enfermo, le descargaron los bártulos y de inmediato recobró ánimo. Al verla sana, la volvieron a cargar y otra vez la mula terca regresó al árbol sin que nada ni nadie la pueda mover. Ante tal conducta, don Gabriel Torres y Gaeta entendió que era deseo del “Señor de Vilque” quedarse en Sumalao y por lo tanto dejó la pintura para veneración de los lugareños. Y así fue que a poco estos levantaron una precaria capillita en tanto el Señor, en vez de Vilque pasó a ser de Sumalao, como hasta la fecha.
Finalmente digamos que durante la Guerra de la Independencia, en ese oratorio estuvieron los generales Belgrano, Güemes, Pueyrredón y Arenales.

Cuentos y leyendas

El hecho es que con el paso del tiempo, la Feria de Sumalao alcanzó tanta fama que de ella surgieron innumerables cuentos y leyendas. Uno de esos cuentos versa sobre la aventura que corrió un gallo cogote pila que para salvar su pellejo huyó a Sumalao. Es el cuento del “Gallito pelao” o del “Gallito de Sumalao”. Pertenece a la tradición oral que aún atesoran incontables familias salteñas. De allí que puedan existir otras versiones -algunas con agregados, otras que quitaron detalles- lo cual constituye un fenómeno típico de las trasmisiones de boca en boca y por generaciones. Cada época, cada pueblo, cada grupo, le va incorporando su impronta a los relatos populares, dándole así su color local y una riqueza diversa que ahora rescatamos justo para la Fiesta de Sumalao.

El “Gallito pelao”

Dicen que hace muchísimos años, en una casa de Salta, su dueña hacía los preparativos para viajar al día siguiente a la Fiesta de Sumalao. Cubriría las ocho leguas en un carruaje de la familia y como el trayecto era largo y el trajín por varias horas, necesitaba llevar algo de comer y para eso, nada mejor que hervir un gallo para el camino.
Así fue que aquella tarde, la dueña de casa ordenó a su empleada que al día siguiente, bien temprano, sacrifique y cocine al “cogote pila” para el viaje a Sumalao. El gallo, que en ese momento picoteaba unos maíces cerca de la mujer, escuchó clarito las instrucciones de que al alba se lo “ejecute”. Disimuladamente se alejó del lugar para trepar a lo más alto del árbol donde habitualmente dormía. Allí esperó la noche y mientras atardecía tomó una drástica decisión: al día siguiente, para el alba chica y antes que lo busquen para pasarlo a “degüello” se tomaría las de Villadiego, rumbo a Sumalao”.
Y así fue, al día siguiente para el alba chica, y sin dar su tradicional canto que anuncia el amanecer, el gallito “pelao”, se apeó sigilosamente de su dormidero, saltó la tapia y tomó el callejón que lo llevaría a Cerrillos, rumbo a la tan renombrada fiesta.
Lo más tranquilo iba tranqueando por bajo la alameda de los Cánepa, tratando de esquivar en la penumbra del amanecer los innumerables carruajes -jardineras, sulkys y carros-, que llevaban el mismo destino.
Cruzó sigilosamente Cerrillos y siguió para La Merced, cuando de repente detrás de un bosquecillo de churquis, cerca de La Falda le salió un zorro que hambriento le preguntó: ¿Gallito pelao, p’ande va?
– Me voy pa la fiesta de Sumalao- respondió medio asustado.
– ¿Y por qué no me lleva? ¡Si no lo hace, aquí mismo me lo voy a comer! Dijo el zorro algo prepotente.
– Y bueno, subase por la colita y tranquese con un palito, respondió el gallo ante tan convincente solicitud. Dicho esto, el zorro cumplió con las instrucciones recibidas y el gallo siguió su camino.
Luego de pasar por La Merced y San Agustín, le salió al cruce un tigre que con voz ronca le espetó: ¿Gallito Pelao, pande va?
– A la fiesta de Sumalao don, respondió el gallo.
– ¿Y por qué no me lleva don gallo? ¡Si no lo hace, aquí mismito no le dejo ni una pluma! Dijo el felino.
– Y bueno respondió el cogote pila -subase por la colita y tránquese con un palito.
Y ya con el zorro y el tigre a cuesta, el gallito “pelao” continuó viaje, pero cuando se acercaba a Sumalao se topó con un río que por el peso que llevaba no lo podía pasar. Entonces comenzó a beber el agua hasta que logró secar el cauce, pasar a la otra banda y por fin arribar a Sumalao.

Los corrales

Ya en Sumalao, el gallito “pelao” comenzó a recorrer la feria y al ver la gran cantidad de comida y bebida que había, se le despertó el hambre y de un bólido trepó a las mesas y comenzó a comer vorazmente lo que tenía a mano o más bien a pico. Y así, saltando de mesa en mesa comenzó a comer asado, empanadas, tamales, pavo, chancho, chivo y lo que pillaba. En eso estaba cuando feriantes, indignados por el comportamiento del gallo, resolvieron pillarlo y meterlo en un gallinero que estaba repleto de gallinas y pavos traídos para el trueque.
Al verse encerrado, el gallo montó en cólera y en venganza resolvió liberar al zorro que al salir y verse rodeado de tantos manjares, una a una se comió todas las aves del corral. Y así, en menos que canta un gallo, el zorro se dio un terrible atracón. Pero el alboroto y los cacareos atrajo a los feriantes que presurosamente acudieron para ver lo qué ocurría y ahí entonces se dieron con un macabro espectáculo: de las aves solo quedaba un plumerío y por encima, el gallito “pelao” erguido y desafiante. 
Ante ello, los feriantes echaron la culpa al gallo por la masacre avícola y como reprimenda, lo tiraron en el corral donde había un fornido toro, chanchos, chivos y carneros. “Aquí, de seguro que no se hará él loco” -dijo uno de los feriantes mientras lo revoleaba por el cerco.
Pero se equivocaron. El gallo, más enconoso aún, no bien cayó al suelo, soltó al hambriento tigre que en un abrir y cerrar de ojos se almorzó semejante animalada. Y de nuevo el alboroto y los balidos atrajeron la atención de los feriantes que presurosos acudieron al corral. Ahora no podían creer lo que sus ojos veían. Del musculoso toro, solo quedaba un alto de cueros y encima, bien parado, el desafiante gallo cogote pila. Fue entonces que hombres y mujeres se abalanzaron sobre el gallardo plumudo para tirarlo de inmediato al interior de un horno de barro que llameaba como si fuese el infierno. “De aquí si que no se salva”, dijo uno de los tantos furiosos.

Siete vidas

Pero el gallito tenía siete vidas. Al caer dentro del horno y sentir el intenso calor bajo sus patas, en el acto vomitó el agua tomada del río logrando de esta forma ahogar el fuego y enfriar el ardiente piso, mientras las bocas del horno exhalaban una inmensa nube de vapor que a poco nublo por completo el cielo de todo Sumalao.
Ante semejante espectáculo, la gente aterrorizada solo atinó a huir despavorida y dejando todas sus pertenecías, entre ellas las mesas repletas de manjares que de inmediato fueron atacadas por el gallo, el tigre y el zorro. Y así fue que por varios días este trío estuvo “de esto quiero y de esto no quiero” en compañía, según las malas lenguas, de un cura que por casualidad pasaba por el lugar.

Felices

Agotados los víveres, gallo, tigre y zorro se echaron al monte donde por muchos años vivieron felices.
 

Fuente: El Tribuno

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