Trabajo; ¿qué trabajo?

Por Carlos Belloni

Ingeniero y autor de «Esculpiendo el futuro»

El 1º de mayo se conmemora el Día Internacional del Trabajador en homenaje a los “Mártires de Chicago”, un grupo de sindicalistas ejecutados en 1886 en Estados Unidos por su lucha por establecer jornadas de “ocho horas de trabajo, ocho de reposo y ocho de recreación”. La protesta, que congregó a casi medio millón de personas en más de cinco mil puntos de huelga en distintos puntos del país, era una lucha justa para trabajadores que buscaban moldear las pautas y el formato del trabajo en el apogeo de la Segunda Revolución Industrial.

Pautas

Me pregunto cuáles serán las nuevas pautas y cuál será el formato de los trabajos fruto de la Cuarta Revolución Industrial en ciernes; o de la quinta o la sexta; o de todas las revoluciones que se sucederán, de ahora en más, a mayor velocidad.
Podría llenar páginas enteras con noticias de avances científicos impresionantes; cada día más alejados de nuestra experiencia cotidiana; y que ocurren en todos los campos de la ciencia: nanotecnología, bioingeniería, ingeniería genética, ingeniería molecular, computación cuántica, inteligencia artificial, y la lista sigue ad-infinitum. Todos avances que podrían salvar millones de vidas; que nos van a poner frente a dilemas éticos y morales inmensos; que van a implicar cambios económicos y sociales; y que van a ejercer una presión descomunal sobre los modelos de trabajo existentes y futuros. La remanida frase: “el trabajo del futuro o el futuro del trabajo” no alcanza para dimensionar lo radical de los cambios laborales, económicos y sociales que se avecinan.

La educación

Pero, no podemos poner el carro delante del caballo. No se puede hablar del trabajo del futuro ni del futuro del trabajo, en Argentina, sin encarar serias discusiones sobre el futuro de la educación. Ni el sistema educativo, ni los programas educativos, ni los educadores, ni el sindicalismo; están preparados para un desafío de esta magnitud. Tampoco lo estamos la sociedad porque no sabemos qué tenemos por delante. En muchos casos no podemos conceptualizarlo o imaginarlo por falta de herramientas. En otros casos, no queremos verlo. Y ante la incertidumbre preferimos no pensar. Menos actuar.

Contraste violento

Si en las cinco últimas décadas, la revolución tecnológica vino de la mano de chicos en garajes diseñando computadoras hogareñas, software, juegos y aplicaciones; hoy la revolución viene de la mano de chicos que, munidos de laptops cambiarán la biología de especies enteras -por qué no, también la nuestra-, desde sus garajes. Hoy, en las escuelas primarias de los Estados Unidos, en las clases de biología se enseña a los niños los rudimentos de la modificación genética en bacterias por medio de sencillos “kits” diseñados para su edad.

Mientras tanto, en este rincón del mundo, en las últimas mediciones PISA y sobre 77 países, Argentina ocupó el lugar 65 en ciencias, el 63 en comprensión de lectura y el 71 en matemática. Un informe publicado por el Observatorio Argentinos por la Educación muestra que de cada 100 chicos que ingresan en la escuela primaria solo 53 terminan el ciclo en el tiempo regular y sólo 16 lo hacen con una comprensión razonable de lo que leen y son capaces de realizar operaciones matemáticas simples. ¿De qué trabajo del futuro podemos hablar para los restantes 84 chicos de cada 100? ¿A qué clase de trabajo van a poder acceder con capacidades tan limitadas?

Otro informe muestra la fuerte correlación que existe entre el nivel de educación e ingreso familiar actual, así como la fuerte correlación que existe entre educación actual e ingreso a futuro. Sabemos que el 67% de los chicos menores de 17 años vive por debajo de la línea de pobreza (8 millones de chicos) y que un millón y medio abandonaron el sistema escolar en el 2020.

Cerebro-intensiva

La cuarta revolución industrial es cerebro-intensiva. Necesitamos graduados universitarios para entenderla y aprovecharla. Pero no nos va mejor a nivel universitario. Un informe internacional hizo saber que, en 2018, mientras que en Japón el 91% de los estudiantes universitarios se graduaba dentro de los términos normales de un ciclo lectivo, en Dinamarca lo hacía el 81% de los alumnos, en Brasil el 49% y en la Argentina, solo el 31,3%. 
Último dato; Argentina se encuentra dentro del grupo de naciones con mayor cantidad de jóvenes que no estudian ni trabajan; ocupando el lugar 34 entre las 38 incluidas en el listado de la OCDE.
Resumiendo, debemos preparar a los niños que ingresan hoy al sistema educativo para sean capaces de desenvolverse en un mundo que no sabemos cómo va a ser. Entrenarlos para que se desempeñen en carreras, ocupaciones y trabajos que todavía no existen y para que desplieguen las capacidades y habilidades que les van a ser requeridas que, al momento, no somos capaces de imaginar cuáles serán. Sólo sabemos que, hoy, carecen en su gran mayoría de las más básicas: leer, comprender, escribir y hacer cuentas sencillas. La lucha de Sarmiento en 1880, reeditada en 2020. ¿Qué no pasó, cuando fuimos la envidia de toda Latinoamérica y teníamos una de las mejores educaciones públicas del mundo?

 Educación, el verdadero desafío

No superamos con éxito ni la primera, ni la segunda ni la tercera revolución industrial. ¿Qué nos hace pensar que esta vez podremos hacerlo mejor cuando los cambios son más rápidos, más profundos e importantes y nosotros seguimos focalizándonos en lo superfluo e innecesario y no en lo importante y urgente?

Mientras sigamos negando el futuro aferrándonos a un pasado que atrasa con tanta obstinación; mientras sigamos negando el mérito igualándolo todo hacia abajo; mientras sigamos ahuyentando empresas que crean trabajo genuino e innovador; mientras sigamos inculcando una desconfianza basal hacia el capital y sigamos enseñando que el trabajo es “explotación”; entonces sólo nos queda por delante el ostracismo, la marginalidad global, la primarización total de nuestra economía y la pauperización económica, educativa e intelectual en la que parecemos querer instalarnos con tanta comodidad.

La gran pregunta

¿No vemos que, de seguir así, la brecha tecnológica, educativa, social, económica y de ingresos solo se irá agrandando cada vez más? 

Mientras sigamos ahondando este camino, “el futuro del trabajo” y “el trabajo del futuro” van a ser frases lindas en boca de políticos inescrupulosos que bien saben que nada de esto es posible sin, antes, reconstruir una educación para el futuro. Sin visión de futuro no hay futuro. Sin educación, no hay país.
.
.
.
 

Fuente: El Tribuno

Compartir en redes sociales

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Entrada siguiente

Cuando el trabajo es investigar

Sáb Abr 30 , 2022
30 DE Abril 2022 – 22:26 Un laboratorio que cumple una función científica y social de gran trascendencia. Hace más de un cuarto de siglo, un grupo viene trabajando en la investigación pero con bajo perfil, por la iniciativa de quien fuera su fundador, el doctor Néstor Juan Taranto. En […]